Cuando la culpa la tienen los padres
Stitches, una infancia muda, David Small, Reservoir Books, 2010
La serie de autobiografías en el mundo del cómic, iniciada o no por Harvey Pekar en 1976, con su American Splendor y que, saltando rápido a esta década podemos retomar con Mis circunstancias de Lewis Trondheim o Persépolis de Marjane Satrapi, se continúa en Stitches, de David Small haciendo aún más evidente ese carácter fronterizo que los teóricos de la literatura asignan para el género autobiográfico y que, por otra parte, deja abierta una puerta más para el estudio y la investigación de una tradición (¿género?, ¿subgénero?) de cómics que los estudios literarios eluden. Dividido en cinco partes, el relato de David Small nos sitúa en Detroit, en la segunda mitad del siglo XX, para contarnos la infancia de su protagonista, un niño que crece entre el incómodo silencio de una familia de clase media, donde la incomunicación y la carencia afectiva son los motores que posibilitan una historia cargada de silencios y de sombras. Sin pretender mostrarnos el modelo de familia americana Stitches, sin embargo, se revela como el relato de una familia disfuncional donde cada uno de sus miembros se encuentra tan alejado del otro que, al encontrarse, tejerán los hilos de su trama. La cual, sin mediar misterio, conviene no develar.
Frente a los segmentos de una vida carente de felicidad, pero dotada de gestos y expresiones que dicen lo que las palabras no pueden, Small cambia de registro para sumergirnos en el mundo de la imaginación y de los sueños en los que respiramos junto a su protagonista, tomando aire, para volver otra vez a esa sórdida realidad que conforman una niñez y una adolescencia privadas de una voz, aunque no de su búsqueda.
La intertextualidad explícita y la apropiación de diferentes registros visuales, sorprenden y sacuden al lector, incapaz ya de fiarse de una monotonía pretendida, para contarle esta infancia que, esbozada en blanco y negro, revela sus muchos matices.
Un libro capaz de retrotraernos al origen de esos puntos dolorosos, incómodos, que, vistos hoy, conforman algunas de las cicatrices que nos acompañan desde niños.