El
mejor partido de fútbol de la historia
¿Qué puede pasar por la mente de un periodista deportivo de
regional cuando busca el estadio donde se jugó el partido que le enamoró en su
niñez y lo descubre derruido por una
ambiciosa operación urbanística que ha convertido aquel templo en una promoción
de viviendas de alto standing? Eso es lo que le sucede a Wolframio Caballero,
el narrador de esta novela. A base de retazos, Caballero va construyendo a su
alrededor un batallón de perdedores en una ciudad que ha relegado la épica del
deporte por la épica de la marca comercial (léase el mercado): el Uno (un
emigrado argentino que juega de portero en la regional), Valentí (el antiguo
cuidador del cesped de Sarrià), Fermí (compañero de este último en un geriátrico)
y otros personajes que pueblan las páginas de este libro, van empujando al
lector hacia un final en donde, al igual que en la final entre Italia y Brasil jugada
en Sarrià durante el Mundial de España 82, el héroe colectivo pugna frente a
los intereses intereses individuales.
Wilmar
Cabrera junto al exjugador del Espanyol
Antonio Campos Homedes y su hijo, Toni Campos. El primero jugó en Sarrià
durantes tres años, y junto con su hijo, asistió también al partido
Brasil-Italia de España 82.
Al entrar en el bar
nos sorprende la figura alta, esbelta, de jugador de fútbol a punto de
retirarse, que recibe a los asistentes apoyada en un taburete junto al
televisor. En un segundo atisbo, nos dejamos llevar por el desconcierto. ¿Qué
hace ese doble de Ruud Gullit vistiendo la camiseta azzurra de la selección italiana? ¿Será que el holandés de
origen surinamés, tantos años residiendo en el país transalpino, ha optado por
cambiar de nacionalidad? El embrollo se hace aún mayor cuando el personaje se
dirige hacia nosotros y nos invita a mirar juntos lo que él considera: “el
mejor partido de fútbol de la historia”. A fin de cuentas, eso es lo que se
celebra en el bar. Lo dice con acento colombiano, y por nuestras cabezas se
cuela la idea de que tal vez “el pibe” Valderrama se haya teñido el cabello y
haya decidido adquirir la nacionalidad italiana, en analogía con el drama
migratorio que ha afectado a tantos latinoamericanos en la última década. No es
hasta que da inicio el partido en el televisor y comenzamos a hojear la novela Los
fantasmas de Sarrià visten de chándal, cuando empiezan a encajar todas las
piezas. Lo del “mejor partido de fútbol de la historia”, lo de la camiseta azzurra, lo de la identidad del
personaje y también lo del drama de los emigrantes latinoamericanos en Europa.
Todo eso y mucho más resulta ser esta magnífica novela. No está de más entablar
unas palabras con su autor, instantes después del pitido final del “mejor
partido de fútbol de la historia”.
1.
Los personajes:
—Wolframio
Caballero Pinilla, Wilmar Cabrera, Gullit, son algunos de los heterónimos que
utilizas en tu vida pública y privada, pero ¿quién está detrás de la novela?
—Es
una pregunta bastante esquizofrénica pero, bromeando (y no hay nada más serio
que una broma), podríamos decir que son tres nombres y un solo personaje
verdadero, que es el que vive en la ficción de la novela: Wolframio. Digamos
que los tres trabajan para conseguir un mismo objetivo. Primero está el
novelista: Cabrera, que en la realidad, ese plano dimensional en el que
vivimos, ordena y traza la disposición de la historia. Luego viene Gullit, que
no es otra persona sino el primero visto por sus amigos –así le llaman ellos–,
que es un investigador de campo que aporta algo de sus vivencias y como una
esponja absorbe todo lo que pasa a su alrededor, para decantarlo en lo ya hecho
por Cabrera. Así, finalmente, aparece Wolframio Caballero, que es el resultado
de que su padre no tuviera memoria para recordar el símbolo del wolframio o
tungsteno de la tabla periódica de los elementos. Los dos primeros (Cabrera y
Gullit) alimentan al tercero (W. Caballero) y lo catapultan para que se pueda
desenvolver dentro de Los fantasmas de
Sarriá visten de chándal. También podríamos decirlo desde una perspectiva
matemática y citar la ley conmutativa, que dice que el orden de los factores no
altera el producto. Aplicado a la pregunta, diríamos que el orden de nombres no
altera el resultado. Y la fórmula sería: C(abrera) x G(ullit) / R(ealidad) =
W(olframio).
Y ese resultado, Wolframio
Caballero, no es otro que uno de los miles de inmigrantes que aterrizan en
Barcelona, por casualidad, para ganarse la vida. Es un periodista que quiso ser
futbolista pero nunca lo intentó y que ahora, cuando trabaja como freelance en el diario Spor Deporte, cubriendo la categoría más
baja del fútbol catalán, encuentra la oportunidad de cambiar su vida gracias a
una idea suya para explotar una ruta futbolera en una ciudad que se vende, cada
día más, a los turistas.
—Esta pregunta es para Wilmar
Cabrera:
Para un tipo que, entre múltiples
oficios, trabajó como editor de un reality, fue fotógrafo circunstancial en
Jamaica, jugador de fútbol, se hizo unos toques en la playa con “el pibe”
Valderrama y acaba de finalizar un máster de Creación Literaria, ¿consideras
que ha sido el fútbol algo novelesco en
tu vida?
—No es que haya sido novelesco
conmigo. Considero al fútbol como una novela que se desarrolla a sí misma,
protagonizada por diferentes personajes, en distintos lugares del mundo. Y si a
eso le sumo algo de mi experiencia en el sentido práctico de lo que ha sido mi
vida alrededor o dentro de un campo de fútbol y además le añado un punto de
vista, surge algo que decir. Un pensamiento particular que les puede interesar
a diferentes lectores, para intentar llegar a un plano universal. Algún autor
define que el estilo de un escritor está en su mirada y esa es la parte que más
trato de explotar. En mi trabajo no hablo del fútbol como lo ven todas las
personas que pagan entrada para asistir a un partido en el Camp Nou, el
Santiago Bernabéu o el Maracaná, ni tampoco como lo observan los televidentes a
través de su pantalla; en mi novela hablo del fútbol como lo siento, lo palpo y
lo veo yo. Con todas sus falencias o debilidades. De otro lado, como dijo
Javier Cercas, en una charla en la Universidad Pompeu Fabra, citando a otro
autor que no recuerdo, «uno no elige los temas, los temas lo eligen a uno». Y
hay que tener la facultad crítica y el olfato del escritor para desarrollarlos.
En mi caso, el tema que me escogió a mí fue el fútbol, como a otros los escoge
el amor, el crimen organizado, la música, el campo, la jardinería, el mar, etc.
Pero lo importante no es esto, sino el segundo paso, poder desarrollarlos y
convertirlos en proyectos literarios sólidos.
2.
Literatura y fútbol
—Desde hace unos años la literatura
sobre este deporte ha ido en aumento, pero tu
apuesta va un poco más allá, es decir, concibes la vida a través del fútbol. ¿O
es al revés?
—Sí, es muy positivo
esto de que la literatura sobre fútbol esté viviendo un alza. Y que se
publiquen libros, pero me gustaría ver más novelas que traten el tema. Ya es
tiempo de que el fútbol, sin hablar peyorativamente, dejé el traje corto del
cuento y se ponga el pantalón de la novela. Es tiempo de que dé el salto
definitivo de las páginas deportivas a la literatura, como lo hizo la novela
negra, que salió de las páginas judiciales, de la crónica roja de los
periódicos, y creó su propio nicho tanto editorial como de lectores. El fútbol
es la excusa perfecta para tratar cualquier tema. En mi caso, Los fantasmas
de Sarrià visten de chándal no es una novela sobre fútbol sino de cómo el
fútbol transforma a las personas en otros seres distintos… a un exfutbolista lo
convierte en timador; a un periodista, en falso futbolista; a un albañil, en
hombre de negocios; a un jardinero, en un solitario; a un viejo, en un niño; a
un estadio, en edificios de vivienda; a una ciudad, en una marca. En últimas,
como lo dicen ustedes, concibo la vida a través del fútbol. No hay mucha
diferencia.
—Las relaciones que estableces
entre literatura y fútbol ¿también abarcan al deporte en general?. ¿Qué
encuentras en el deporte de literario? ¿Dónde lo buscas?
—Si
en el fútbol ha echado raíz la expresión eufemística “falso nueve”, que
denomina al jugador que sin ser delantero centro definido, natural, tiene como
labor anotar goles para su equipo, en la literatura, este servidor se
autodenomina un “falso escritor”, no en el sentido negativo de la expresión,
sino en el sentido de ser un amanuense que de vez en cuando anota una historia.
Y para cada una de estas historias, nada más épico que el deporte. Eso aunque
maestros del tema, como Juan Villoro o Martín Caparrós, expresen una opinión
contraria y manifiesten que el fútbol, por tener un sentido narrativo en el
mismo instante en que se desarrolla, pierde cualquier tipo de carácter épico
cuando se trata de llevar a otro formato, en especial la novela. A mi esta idea
no me convence, creo que el deporte en general y el fútbol en particular son
nichos ideales para desarrollar un tema literario específico alrededor o desde
dentro del deporte mismo. En cuanto a mi trabajo, lo que busco son otras
historias, otras aristas distintas a las tratadas en lo cotidiano. Trato de
huir del lugar común del deportista exitoso y ganador, tipo Messi o Ronaldo,
aunque detrás de ellos hay historias, me interesan más los perdedores, porque
en ellos está intacta la facultad humana. Por ejemplo, si de ciclismo se
tratara, escribiría más sobre Raymond Poulidor que sobre Miguel Indurain. Y es
que en esto del deporte, a los ganadores y perdedores se les puede aplicar esa
frase de León Tolstói que dice «todas las familias felices se parecen entre sí;
las infelices son desgraciadas en su propia manera». En su reconversación
quedaría: «Todos los ganadores se parecen entre sí, pero los perdedores son
desgraciados en su propia manera». A esa diana es a la que trato de apuntar.
Ahora me pregunto: ¿dónde está la novela sobre el EPO en el ciclismo a
comienzos de la década de 1990? Una historia sobre perdedores que quisieron ser
ganadores de la noche a la mañana. ¿Dónde está la historia sobre las
selecciones de Zaire o Haiti en el Mundial de 1974? ¿Estoy esperando la novela
sobre los futbolistas africanos que vienen a buscar fortuna a Europa y terminan
siendo vendedores manta? Eso solo por decir tres temas a la ligera.
3. Influencias
—¿Qué autores podrías destacar como
cimientos de la literatura que haces?
—Por encima de todos y sin duda
alguna: Osvaldo Soriano. Me considero «sorianista» de tiempo y vida completa.
Es un punto de partida y de llegada en mi literatura. En Los fanstasmas de Sarrià visten de chándal hay un capítulo homenaje
a este escritor argentino, que descubrí en los noventa. Me gusta de él la frase
corta y las palabras sencillas que dicen mucho, a cambio de la frase elucubrada
que corta cualquier tipo de narración. Y es que como dijo su colega, también
argentino, Ezequiel Fernández, «los periodistas y escritores que tratan de
hacer literatura con el fútbol saben que la gente jamás puede quedarse por
fuera del relato». Y eso que la mayor parte de la literatura «sorianista» no
tiene que ver con el fútbol. Pero lo conocí gracias a este deporte y eso me
abrió la puerta para leer mucho más de su obra. Después destaco otros nombres,
como Roberto Fontanarrosa, Manuel Vásquez Montalbán, Juan Villoro, Ignacio
Martínez de Pisón, Ramiro Pinilla, Javier Cercas, Juan Marsé, Eduardo Mendoza,
Nick Hornby. Y claro está, la infinidad de autores que no recuerdo de las
páginas deportivas de muchos de los diarios que he leído. Ellos también tienen
gran parte de la culpa de que haya desarrollado esa manía por el deporte, por
el fútbol, que ahora se traslada al plano literario.
4.
El
proyecto:
—De entre los muchos
personajes e historias que habitan Los fantasmas…, ¿hay allí el germen o
una pista de la continuación literaria de un proyecto?
—Desde
un comienzo, tuve claro que Los fantasmas de Sarrià visten de chándal
sería la primera novela de una trilogía que tiene el fútbol como fondo. Pero no
es una trilogía que se mueva en el mundo del fútbol, sino tres historias
futboleras en que el núcleo será el fútbol, pero que tocan otros temas
satélites. Y claro, al plantearlo así, trabajé esta primera novela con una
serie de pistas y guiños para seguir en el segundo y tercer libro. Serán
independientes, pero se podrán leer como un todo. Eso sí, teniendo muy en
cuenta esa frase del escritor colombiano Juan Gabriel Vázquez, que dice: «El
novelista es la persona que recuerda lo que otros quieren olvidar». Así que
intentaré tocar temas e historias que están dormidas. Del segundo libro ya hay
título y estoy trabajando en la estructura y en cómo desarrollar la historia,
pero no quiero adelantar más. Y del tercero lo único claro es el tema central.
La idea es tenerlos listos y publicados en estos cuatro años. Es que después
vienen los Juegos Olímpicos de Río y hay que estar pendientes de lo que pueda
pasar allí.
5.
La novela:
—A primera lectura pensamos en
Wolframio, Valentí, o «el Uno» como antihéroes, pero vista la hazaña de la
azzurra y de algunos jugadores de la verdeamarelha
como Sócrates y Falcao, y pensando en la novela como un todo en donde estas partes
dialogan y se integran, ¿no se trataría en verdad de una apuesta por el héroe
colectivo más que el mencionado antihéroe?
—En una novela que tiene como telón
de fondo el fútbol, todo es resultado del trabajo en equipo. Brasil perdió como
equipo. Italia ganó como equipo. Perdedor y ganador se dan la mano y traspasan
el ahora para vivir por siempre en la memoria de los aficionados. Me gusta esa
visión que vosotros destacáis: el héroe colectivo. No lo había pensado así,
pero está bien visto. De igual manera, a pesar de que cada personaje dentro de
la novela cobra fuerza por sí mismo y enarbola la bandera del típico antihéroe,
todos están detrás de un objetivo: sacar adelante la ruta futbolera por Sarriá,
para atraer turistas y sobrevivir en una Barcelona atestada tanto de visitantes
como de soledades. De su casual unión surge ese colectivo al que hacéis
referencia, pero yo voy un poco más allá, para llamarlo el antihéroe colectivo.
Que es lo que vive Europa con la trillada crisis: una marea de personas anónimas
que en este momento está haciendo todo lo posible, en cuanto a trabajo, por
sacar adelante a sus familias en cualquier lugar de este continente. Porque los
«héroes conocidos o ilustres», de una manera u otra, nos fallaron.
—Wolframio hace con ironía una
referencia al copy-paste pero, a fin de cuentas, ¿no es esta técnica la clave
por la que la novela pudo ser construida?
—De acuerdo. Los
fantasmas de Sarrià visten de chándal es una «almazuela» literaria que
mezcla, agrupa, contiene, incorpora y combina crónica deportiva, ficción,
realidad, periodismo, inmigración, soledad, olvido, supervivencia y turismo
deportivo. En Colombia, las abuelas guardaban todo tipo de recortes o pedazos
de tela que les quedaban después de hacer un vestido o una camisa. Luego,
tomaban estas partes, sin importar el tamaño, la tela o el color y las unían en
forma de cobija o «colcha de retazos». Aquí en España, he conocido que en La
Rioja todavía se conserva esta práctica como artesanía. Esta es la forma que
quise para contar la novela. Y no es que me hayan sobrado textos de otros, no.
Lo hice de manera consciente. Simplemente, le quise dar ese tono, esa imagen.
Literatura de Patchwork. Y revalidar
también el copy-paste como técnica. Pero voy más allá y le hinco el
diente a lo falso que se hace pasar como verdadero, aunque resulta siendo más
verdadero. Por ejemplo, el periodista de la historia siempre quiso ser
futbolista pero no lo intentó. Juega fútbol de pachangas y, como tiene un
homónimo que sí fue futbolista y famoso, se aprovecha de esto para vivir en
carne propia lo que no pudo hacer en realidad. El tour mismo es falso, pero qué hincha del fútbol no pagaría para que
le recordasen el mejor partido de la historia del fútbol en el lugar que se
jugó. Así el estadio donde haya tenido lugar ese partido ya no exista tras ser
demolido y en su lugar solo hay un parque para que caguen los perros y
edificios de viviendas. En estos tiempos en que copiar se ve mal y está al día
la polémica por derechos y demás, no está de más reflexionar sobre el copy-paste.
¿Acaso no somos una generación que recitaba de memoria la lección en la
escuela? ¿Copy-Memory?
—¿Suena más verdadera la visión del
fútbol a través de los márgenes?
—Es más terrenal. No tiene tanto
maquillaje ni fijador en el pelo y se hace más cercano al ciudadano a pie. El
otro fútbol es negocio, de otra galaxia, inalcanzable. Es un deporte en el que
hay más abogados que atletas y eso ya es sospechoso. Es un deporte jugado por
personas de carne y hueso que pierden su condición de seres humanos y pasan a
ser dioses, iconos de millones de personas. Pero hay que tener claro eso,
puesto que los futbolistas no son ejemplo para los niños ni para nadie… ni
siquiera para ellos mismos. El que alguien se vista de cortos y camiseta no lo
hace diferente ni especial a nadie, dentro de esa persona hay un humano con
todos sus errores. En el fútbol hay racismo, homofobia, machismo, como en
cualquier otra profesión.
—Más allá de que consideres a este «el
partido del siglo», ¿cómo te las arreglaste para hacer de Barcelona el lugar
idóneo para tu novela?
—Fue
una casualidad, pero soy partidario del realismo en la literatura. Hay que
decir que llegué a esta ciudad por mi esposa y su doctorado. En 2008 aterrizamos en Barcelona. Y
como ella estaba ocupada en la universidad, a mí me tocó buscar el piso para
vivir. Concerté una cita para ver uno en Can Baró, un barrio cercano al Parc Güell.
De camino, por la calle Camelias, pasé y descubrí el campo del Europa. En ese
momento, sin ver todavía el piso, me dije a mí mismo, aquí viviremos. Si hay un
campo de fútbol cerca, está todo. Ya instalados, recuerdo que comencé a
preguntar por Sarrià. Quería conocer el lugar en el que se había jugado el mejor
partido en la historia de los mundiales de fútbol. Caminando por allí, entre la
avenida General Mitre, la calle doctor Fleming, y la Avenida Sarriá, descubrí
el nombre de un bar en uno de los tantos paseos en busca de los imaginarios
Sócrates, Zico, Paolo Rossi o Dino Zoff. Descubrí el bar Sarriá 82 y toda la
historia de la novela surgió en mi cabeza. Ahora solo tenía que escribirla.
Después de conocer un poco más la ciudad y ver el turismo desbordante que la
visita todos los días, decidí unir las dos cosas para contar la historia.
6.
Barcelona en Los fantasmas de Sarriá visten de chándal
—Tu posición respecto de la ciudad,
es decir, Barcelona como marca comercial, está a tono con muchos escritores que
comparten esta idea. ¿Has tenido que plantearte esta cuestión al escribir Los
fantasmas… o fue una consecuencia directa derivada de los personajes que
escogiste?
—Fue consecuencia
directa del tema, los personajes y el planteamiento. En Barcelona vivimos en
una marca. Residir en la capital catalana es como habitar en una ciudad
Coca-Cola, Apple o Adidas. No vivimos en una ciudad, por lo tanto si no es así
y vivimos en una marca, tampoco somos ciudadanos, somos realmente «marcadanos».
Padecemos de una enfermedad, que más adelante, gracias a estudios de sociólogos
y científicos sociales, le encontraremos nombre: «El mal de Mickey Mouse». Al
pequeño ratón se le hacía difícil vivir la realidad de su Disneylandia. Los
visitantes y las fotos continuas en la ciudad de cartón paja ideada por Walt
Disney le impedían estar al tanto de lo que su realidad le requería. Eso es lo
que yo intento decir a través de una novela que tiene el fútbol como anzuelo.
Pero no en modo Disneylandia, sino en modo Barcelona.
—En relación a lo anterior: ¿Cuál es
el punto de vista sobre este concepto de marca desde la perspectiva del
inmigrante, llámese Wolframio, “el Uno”, Wilmar, o Gullit?
—La respuesta la tiene el
Ayuntamiento, que está más preocupado por sacar adelante un proyecto para que
las personas no puedan usar la marca Barcelona a menos que paguen, están más
preocupado en la ciudad como marca que como ciudad. No gobiernan para los
ciudadanos sino para los turistas, gobiernan para una marca que quieren vender
al mundo.
7. Periodismo
y literatura:
—Es el periodismo deportivo actual
un objeto a medio camino entre la publicidad y la literatura? ¿Crees que ingresaste a la literatura desde
el periodismo deportivo?
—El periodismo deportivo siempre ha
sido publicidad. Vende algo que se consume más que una tarta el Día de Reyes, y
ese producto se llama competencia. Deporte. Cuando escribes una crónica o un
artículo sobre determinado combate de boxeo, prueba ciclista o partido de
fútbol, estás vendiendo eso que algunos denominan «la fuerza del atleta». «El
hombre compitiendo contra otros y contra sí mismo». Vendemos un producto, pero
eso no da para que no lo veas desde todos los puntos de vista. Desde lo bueno a
lo malo. De lo positivo a lo negativo. Cosa que muchos no hacen. Pero eso es
harina de otro costal.
En cuanto a lo segundo: «Jóvenes
estudiantes de Literatura: para comprobar prácticamente cómo la buena
literatura transforma la experiencia real en mito, ¡lean las crónicas del
fútbol!». Así terminó Mario Vargas Llosa una columna suya, después de asistir
al Mundial de España 1982. Creo que las escribía para El Comercio
(Perú). Nada más diciente. En mi caso, el deporte, y en especial el fútbol, me
han hecho leer más que cualquier profesor del colegio o la escuela. Gracias a
la crónicas de fútbol de Dante Panzeri, Elías Perugino, Diego Borinsky y Carlos
Irusta (en boxeo), en El Gráfico (de Argentina); los artículos y
reportajes sobre ciclismo y el Tour de Francia o la Vuelta a España de José
Clopatofsky y Daniel Samper Pizano, en El Tiempo (de Colombia); las
crónicas de Santiago Segurola en El País (de España), por solo citar a
unos pocos, fueron piezas fundamentales en mi construcción como narrador.
Volviendo a Vargas Llosa: «Estos periodistas deportivos, cuando son talentosos,
jamás describen un partido o radiografían el desempeño de un jugador: los
mitifican. Es decir, los sacan de su efímera, pasajera realidad concreta y los
instalan en la realidad permanente, intemporal e incorpórea de la ficción».
Pero, para concluir, saliéndonos de la prensa y yendo un poco más
atrás, mis clásicos no son los clásicos que vosotros podéis tener como
lectores. Mis clásicos fueron los álbumes de Panini de los Mundiales 1978 y
1982, con ellos recreaba fantasías y con los cromos y datos de los futbolistas,
estructuraba mi propio relato. A través de esos álbumes descubrí el mundo.
Carlos Gámez y Hernán Francese








