(Foto: Mireya de Sagarra. Imagen
extraída de www.sigueleyendo.es)
Robert Cantavella (Almassora, 1976), es autor de cuatro novelas (Otro, El dorado, Asesino Cósmico,
y El corazón de Julia, ésta última en
coautoría junto a Óscar Gual), un libro de cuentos (Proust Fiction) y otro de poesía (Los sonetos). Como
periodista, fue jefe de redacción de la revista Lateral, y como traductor
destaca por su labor con la obra de Mathias Enard. El pasado mes de abril, nos citamos con él en el Bar Leonés, ubicado
en la avenida Paral·lel, Barcelona, al que suele concurrir por otra tertulia.
Cercano en el trato y predispuesto al diálogo, he aquí el resultado de casi dos
horas de conversación con el escritor:
CARLOS —Empecemos, ¿cómo influyen los géneros en tu literatura?
ROBERT —Bueno, yo escribí esta novela porque estaba fascinado por los
géneros. En principio, llegué ahí por las novelitas de a duro, las novelas
populares. Las que más me interesaban eran las de ciencia ficción y las de
terror. En las novelas anteriores no tengo nada de literatura fantástica, por
ejemplo. Pero en Asesino cósmico el propósito era jugar con los géneros,
así que en esta novela los géneros lo son todo, o esa era mi intención. He
tratado de manejar esos materiales, la fantasía, la ciencia ficción, el terror,
y luego, de algún modo, traerlo un poco a mi terreno.
HERNÁN —En relación a esto, como el campo que las novelitas populares
abarcaban era muy grande, ¿te pusiste un límite? Es decir, me voy a meter con
la ciencia ficción, con lo fantástico… Pero, por ejemplo, las novelas de espías
no entran dentro de tu novela.
R —La verdad es que no me puse ningún límite. Las novelas de espías no
están, pero el tema detectivesco sí, de alguna forma está representado mediante
el detective que investiga ciertos hechos que han sucedido en la isla, aunque
no es un personaje principal. Pero no, no me puse ningún límite. Mi intención
era precisamente lo contrario, intentar jugar con el máximo de géneros y
subgéneros. Los que no incluí no están porque, o me interesaban menos, o no
logré integrarlos. Para acabar la novela, por ejemplo, tuve algunos problemas
precisamente porque no veía cómo podía cerrar todas las líneas que había
abierto. Al final lo solucioné de una forma muy sencilla, que no vamos a desvelar
ahora, pero hasta lograrlo estuve dándole vueltas durante algún tiempo, incluso
temí perder la novela. Me pasé unos meses en que no sabía cómo darle sentido a
todo. Y eso se debió precisamente a la sobreabundancia de materiales.
C —Aunque en otras obras tuyas dices que no tocas estos géneros, la
ciencia ficción tú la conocías de tiempo atrás, habías leído mucho, habías
visto películas... Así que algunos de esos géneros aunque no influyan en tus
obras anteriores, sí que influyen en tu bagaje general.
R —Sí, claro, la ciencia ficción, sobre todo, más que la fantasía; si
entendemos por fantasía películas como King
Kong o Freaks. Tanto en películas
como en novelas. Muchas de las películas que más me gustan son de ciencia
ficción. Brazil, por ejemplo, que no sé muy bien en qué género entraría,
es una de las películas que más me ha interesado de siempre, y una de las que
más me han marcado. Lo que hace Brazil es algo que he intentado hacer en
otros libros, en textos que no son de fantasía ni de ciencia ficción, de esa
película me interesa mucho el componente surrealista, que está muy entrelazado
con la fantasía y la ciencia ficción.
C —Esa mezcla de ciencia ficción, humor, ironía, surrealismo...
R —Exacto. Luego, evidentemente, están los clásicos de la ciencia
ficción, como 2001. Y algunas películas que me interesan mucho por lo
que le proponen al espectador. Como Primer. ¿Has visto Primer?
C —No.
R —Pues es una delicia. Está escrita, dirigida y protagonizada por la
misma persona: Shane Carruth. Es más, él mismo ha escrito la música y ha hecho
el montaje. Lo hizo todo, pero luego que yo sepa no ha rodado nada más. Es una
película sobre los viajes en el tiempo, desde mi punto de vista, una obra
maestra de la ciencia ficción. Los viajes en el tiempo siempre suponen una
paradoja y un juego con la identidad de uno o varios personajes, y, desde mi
punto de vista, en este sentido, en las películas de ciencia ficción que tienen
que ver con el tiempo, existen dos polos. En un polo tenemos la forma más fácil
de digerir la paradoja y el problema de identidad, una forma que a su vez es
menos realista en términos científicos. En este polo tendríamos, por ejemplo, Regreso
al futuro, que es una tontería en términos científicos, que no se sostiene,
pero donde el viaje en el tiempo resulta muy fácil de asumir. Y luego habría
otro polo, más complejo para el espectador, menos entretenido, menos evidente,
menos sencillo de convertir en trama, pero más cercano a la realidad
científica. Primer sería el ejemplo perfecto de este segundo polo. En
ese sentido sería la antítesis de Regreso al futuro. Es una película un
poco complicada, tiene muy poca acción, pero es mucho más realista en términos
científicos. Primer empieza, como lo hicieron The Beatles o Bill Gates,
en un garaje, donde cuatro amigos se dedican a investigar y solo dos de ellos
asumen el riesgo de hacerlo hasta sus últimas consecuencias. Los otros se van
quedando fuera porque lo que quieren es comercializar un producto en el que han
estado trabajando juntos, mientras que los dos protagonistas deciden seguir
adelante con una serie de indicios que han encontrado por casualidad. Y a
partir de ahí se teje este juego de identidades y de engaños que, vaya,
resultan muy estimulantes. Es una película muy inteligente, lenta y sin mucha acción,
pero una gozada. Yo la tengo por una obra maestra del género. Con Pi sucede algo parecido, allí llegan lo
más lejos que se puede llegar en rigor científico antes de caer en la
equivocación, antes de afirmar cosas que no se pueden afirmar.
H —Y, cambiando de tema, ¿cómo cuaja
la novela gótica? O, ¿por dónde entraste con la novela gótica? Supongo que por
el terror.
R —Eso es, por el terror gótico, el que viene de Polidori y Le Fanu, ese
es otro punto de partida de la novela. En Asesino cósmico juego con dos
novelas de Curtis Garland. Una es de ciencia ficción, y de ella tomo hasta el
título, Asesino cósmico, y la otra es La hija de las tinieblas,
una novelita de terror gótico. La que juega un papel más decisivo en mi
proyecto es Asesino cósmico, pero introducir La hija de las tinieblas
era otro de los puntos de partida. Es decir, llego mucho antes al terror gótico
que a los detectives o al western; tiene una función más potente en la
novela que los otros géneros. De hecho, en el capítulo cuatro, creo que es el
cuarto, aparece esta historia de la forma más directa y evidente: como una
novelita que está leyendo uno de los personajes, y que solo en cierto momento
te das cuenta de que aquello que tú estás leyendo es lo que está leyendo otro
personaje. Hasta que no se soluciona ese capítulo, la novela no toma sentido,
por lo menos esa es mi percepción. Ahí empiezas a entender cuál es el juego,
porque hasta entonces cada capítulo ha ido hacia un sitio. Pero con este es con
el que, al volver con Vladimiro y ver que está allí, en el video club, leyendo
esa novela, tienes por primera vez una visión de conjunto; esa era mi idea del
escenario.
C —Como comentas tanto sobre literatura popular, estaría bien preguntarte
que, a sabiendas de que el motor que movía a Asesino cósmico era la
literatura popular, es imposible considerar la novela únicamente como
literatura de entretenimiento. Porque es algo más, ¿no? Es decir, ese es tu
motor, las novelitas, pero tu producto es otra cosa.
R —Eso no me toca juzgarlo a mí. No es que no quiera contestar. Sino que
el debate entre la literatura de entretenimiento y la literatura de no
entretenimiento no lo acabo de entender. A veces leemos novelas cuyos temas,
cuyos argumentos, ya a priori son temas y argumentos que todos consideramos
«serios». El simple hecho de tratar un tema determinado parece que tenga que
convertir esa novela en una novela seria. Cuando, a veces, estas novelas que
tratan temas que todos aceptamos como serios resultan ser una gilipollez. En
estos casos no dejamos de estar ante novelas de entretenimiento, si por ello
entendemos, y ya digo que no coincido con este argumento, novelas banales. Hay
algunos temas que, de por sí, ya de entrada, parece que te dan una pátina de
seriedad, los nazis, por ejemplo, las guerras, sobre todo la civil y la segunda
guerra mundial. Si ya nos vamos a los refugiados y a las víctimas, entonces no
se trata de un tema serio, sino muy muy serio. Pero hay muchas novelas que
tocan estos temas y que no dejan de ser literatura de evasión, que convierten
en recursos pop listos para consumir una serie de cuestiones a las que estamos
acostumbrados a mostrarle nuestro más aparatoso respeto, y que parece que hay
que considerar por encima, sólo por este hecho de otras obras que tratan de
temas banales, cuando en ocasiones es ahí donde está la grandeza literaria.
C —La pregunta va más vinculada a que el tipo de novelas como las de bolsilibro. Una novela como la que tú
escribiste presenta la paradoja de que se trata de una novela que uno lee para entretenerse,
es evasiva, es fantástica, y por otro lado, plantea temas fundamentales: el
tiempo, el espacio, la humanidad, la destrucción del mundo, la esencia del ser
humano. La pregunta iba vinculada a esa paradoja. Lo que parece una cosa no es
tal. Y luego, al menos en tu novela, está la conciencia del lenguaje, porque sí
que hay una conciencia del lenguaje.
R —Es que ese me parece uno de los a prioris que se le debe exigir
a un escritor: que sepa manejar el lenguaje y que tenga algo que decir en ese
sentido. Y a partir de ahí, podemos considerar el tema alrededor del cual se
articula la novela. Manolo Vilas, por ejemplo, dedica una atención tremenda al
lenguaje. Es poeta, y su narrativa está muy penetrada por su poesía. Pero en
cambio los temas que trata son aparentemente juguetones. A veces escribe sobre
ciertas cosas que, si en lugar de ser él quien las escribe, las cuentas tú en
la barra de un bar, puede parecer que estás contando un chiste o una anécdota.
Cosas que parecen simplemente divertidas, pero tras las cuales hay algo mucho
más profundo. Eso del entretenimiento yo nunca lo he entendido. Cuando lees El
País, por ejemplo, en parte
lo lees para entretenerte. Esto es así. Decir lo contrario es esconder la
verdad. La prensa la leemos para satisfacer una serie de instintos que en parte
son muy básicos. Y hay pocas cosas más serias que la prensa, que nos habla del
mundo en que vivimos y sus transformaciones, pero que no escapa al
entretenimiento.
C —Este es un tema muy interesante, porque es lo que afirmó Baricco
cuando vino a Kosmópolis. Dijo que tenemos un concepto muy equivocado de
lo que es entretenimiento, porque La Ilíada, que no era un texto escrito
sino un canto pensado para recitarlo, tiene todas esas aventuras que tiene para
enganchar al oyente, pero con la idea de entretenerlo. Lo que pasa es que luego
se recupera con ese lenguaje arcaico para nuestros días, y creemos que es culto
porque está en verso.
R —Claro, o por ejemplo, El Quijote. Lo lees ahora y parece que
estés hablando de una cosa muy seria. Y, efectivamente, estás hablando de una
cosa muy seria. Pero también se trata de un texto muy divertido y muy
entretenido. Eso del entretenimiento muchas veces no es más que una falacia,
normalmente los que utilizan este argumento están refiriéndose a otras cosas.
La diferenciación entre entretenimiento y no entretenimiento es complicada,
muchas veces corre el riesgo de convertirse en un arma arrojadiza, en una
falacia. Cualquier cosa que vemos o que leemos en cierto modo está destinada a
distraernos, luego puede tener otras intenciones, u otra capacidad, pero esta
es ineludible. Volviendo al periodismo, ¿Por qué Antena 3, por ejemplo, siempre
empieza su noticiero con algún guiño sensacionalista?, porque nosotros, los
telespectadores, los seres humanos, nos enganchamos a esas cosas.
C —Una cosa que me gusto mucho de tu novela, que va por lo que comentas,
es el hecho de que en la teoría literaria parece estar prohibido narrar, porque
se ha descubierto que no se puede. Sin embargo, los géneros consiguen narrar. Y
en tu libro hay muchas historias. Hay una proliferación de historias dentro de
historias. Por ejemplo, Walt Sheridan es un artista a la hora de contar
historias. Es un tipo que mata monstruos contando historias. Y hay un montón de
personajes ahí que tienen ese don. La pregunta es: el género, que siempre ha
estado tan denostado, ¿consigue superar esas limitaciones que a veces tiene la
teoría, porque en el fondo hay una serie de gente, como Curtis Garland, que
tiene la necesidad de contarte una historia sí o sí?
R —Lo que pasa es que los géneros tienen menos problemas con la forma, y
con la necesidad de lo nuevo, que puede ser propia de otro tipo de literatura.
Los géneros ya asumen que lo importante es la historia que van a contarte, y
que en esa historia el narrador no tiene por qué constituir un problema
narratológico, ni un lugar de experimentación formal. En la literatura
contemporánea hay una constante búsqueda de la voz que narra, una investigación
donde en muchos casos se asume, se encarna, una gran responsabilidad. En
cambio, en los géneros esto no sucede en la misma medida. Los géneros no tienen
tanto problema con la forma. Yo en Asesino
cósmico disfruté mucho utilizando un narrador muy decimonónico, un narrador
que va acompañando al lector, que lo va conduciendo a través de la historia,
llevándolo de la mano, ofreciéndole información marginal; y utilizando recursos
básicos del relato dentro del relato, porque todos los que pongo en juego son
bastante básicos. Ese era otro de los a prioris claros de la novela:
contar muchas historias, buscarme excusas para contar muchas historias. Quería
incluir el máximo de géneros, y al final los mezclo todos, pero no al
principio, y durante ese tiempo en que no están mezclados recurrí a varios
recursos muy sencillos que tienen que ver con esa sencillez del narrador: un
tipo está leyendo un libro y el lector lee el libro; un personaje le cuenta una
historia a otro personaje y el lector, claro, la lee... Cosas bien simples,
vaya. Esta tendencia a incluir historias dentro de las historias siempre me ha
marcado, en esta novela se observa de una forma muy explícita, pero creo que es
algo que está en otros de mis libros, que me ha interesado siempre y que creo
que sigue interesándome.
H —Pese a tratarse de un homenaje a los géneros populares, como es el
caso de El fondo del cielo, de
Rodrigo Fresán, que también abarca la novela fantástica y de ciencia ficción,
se observa una conciencia del lenguaje y una reflexión sobre los géneros que se
alejan de lo popular, pese a que en ambos casos, la intención de subvertir los
géneros es tan clara como el hecho de que ambas novelas no son estrictamente
populares, ¿se escribe lo que se puede, lo que se quiere o, se busca un
equilibrio entre ambas?
R —Estoy de acuerdo, aunque la apreciación que has hecho se da en ambas
novelas de modos muy distintos. En mi caso sí que era otro de los cálculos.
Como ves, hay muchos a priori. Uno de ellos era hablar de estos temas populares
con un lenguaje que en mi caso es muy barroco y voluntariamente arcaizante, es
decir, muy lejano al lenguaje en que se escribían estas novelitas de a duro.
Pero ese no es el caso de Fresán, Fresán le da otro tipo de vueltas a esa
cuestión. ¿Por qué lo hice yo?, ¿por qué utilicé ese narrador intervencionista
que te va acompañando todo el rato, y que cuenta la historia con aparente
gravedad? A mí una de las cosas que más me interesaba de la ciencia ficción y
la novela popular era el lenguaje que se utilizaba en los años 60’ y 70’ para
representar lo que entonces era el futuro. Ese lenguaje lleno de máquinas
imposibles, se usaba entonces con un atrevimiento que hoy en día resultaría
inviable, porque hoy se intenta ser más realista. Pero en aquellas novelitas se
utilizaba con una alegría que en gran medida se refleja en todo ese vocabulario
imposible, alejado de la realidad, mimético de una realidad que no existía pero
en la que se tenía una gran confianza.
H —La libertad…
R —Sí, esa libertad a la hora de inventar palabras, de incorporar un
lenguaje científico que tan sólo se intuía, de representar un futuro que
entonces se veía todavía en términos de progreso infinito, donde todo sería
mejor y la tecnología haría de nuestra vida un lugar más agradable y
confortable, más feliz, ese optimismo ya no está a nuestro alcance. Asesino cósmico la escribo entre el 2008
y el 2010, y resulta que esas fechas constituyen aquél futuro al que se refería
esa literatura. Ya estamos en aquel futuro. Ya hace diez años que pasó el 2001,
una fecha que parecía que no iba a llegar nunca. Yo recuerdo, y no soy tan
mayor, un telediario en el cual nos decían cómo serían las casas del futuro,
las casas del año 2000, imagino que lo vi a principios de los noventa. Y las
casas del año 2000 todas tenían escaleras mecánicas. Es decir, las casas del
futuro, entonces, iban a ser como los lugares en los que suceden las novelas y
películas de ciencia ficción que habíamos visto, incluso a ojos de un director
de informativos. Ese desfase me interesaba mucho, la sorpresa de haber superado
aquellas fechas sin que nada de todo aquello hubiese llegado a suceder. Cuando
yo escribo esta novela estoy en el futuro de los referentes que quiero tratar.
Pero resulta que era mentira, que en realidad para entonces ya se han refutado
todas las bases que hacían posible esa ilusión. El futuro ya no se lee en
términos de progreso. Ya no se lee de forma optimista sino pesimista, el ideal
de progreso ha sido refutado, no sólo filosóficamente, algo que había sucedido
mucho antes, sino en la calle. La idea de progreso como generador de esperanza
es una antigualla en las calles, y no sólo en las universidades. Así pues,
aquello que tanto me interesaba es un animal prehistórico. Aquella
representación del futuro, en el momento en el que escribo, me sigue resultando
apasionante, pero accedo a ella como en un museo de arqueología. Hoy, la idea
que tenemos del futuro, desgraciadamente ya puede proyectarse a través de aquel
optimismo que se manifestaba, entre otras cosas, en la creación de un
vocabulario tecnológico omnipotente. De ahí surge la idea del «futuro antiguo»,
que es de donde parte la novela, de lo que en los 60’ y 70’ era el futuro, pero
que ahora se ha convertido en el pasado, a pesar de que aquellas fechas que
ellos imaginaban coincidan con las que nosotros vivimos. Mi estrategia para
moverme en ese escenario es bastante simple, consiste en ubicar la acción en el
futuro, como se ha hecho toda la vida en el género, pero hacer que los
personajes se comporten como en el pasado, como en lo que siempre hemos
entendido por pasado, ya que el pasado es más estable, más difícil de refutar;
las relaciones sociales que establecen entre ellos, la aparatología
tecnológica, el nombre y el trabajo de los personajes, su ropa, la tecnología
real a la que tienen acceso, todo lo entendemos como parte del pasado. Por eso
me ha interesado una prosa voluntariamente arcaizante, por eso el jefe político
de isla Meteca es un Corregidor, que es una figura en desuso, por eso solo hay
teléfonos fijos, por eso hay un videoclub lleno de cintas VHS. Porque si a la
novela le quitamos que sucede en el 2035, en realidad está sucediendo en el
pasado. Utilizo un truco de manos bastante simple que consiste en anunciar que
estamos en 2035, acicalar esta afirmación con dos o tres elementos que ejercen
de disfraz, como el acelerador de partículas, o la propia ciencia ficción con
un asesino cósmico que vive oculto entre nosotros, y eso me basta para crear la
ilusión de futuro, mientras lo que en realidad estoy haciendo es trabajar todo
el rato en un escenario cuya mayoría de parámetros pertenecen al pasado. Esa
tensión entre futuro explícito y pasado implícito, entre futuro anunciado y
pasado vivido, crea un espacio raro, un desequilibrio, un escenario un poco
imprevisible, que no es futuro, que no es pasado, que es las dos cosas. Más que
el futuro, lo que me interesaba era este escenario en el que el futuro está en
pugna con el pasado.
H —Es curioso, pero a través del refrán «pueblo chico infierno grande»
Asesino Cósmico conecta la tradición del realismo español con la fanta—ficción que propone la novela,
¿fue intencionado?
R —Otro de los «subgéneros» —subgéneros, entrecomillado, sic— que he
utilizado de forma implícita es el realista, La familia dePascual Duarte, por decirlo de algún modo. Me
interesaba mucho el costumbrismo y las tinieblas de una sociedad pequeña. Una
sociedad pequeña te permite hablar del mundo, del cosmos, de una sociedad
infinita. Si trabajas con una sociedad pequeña, con seis elementos tienes
bastante para representar el mundo. Por eso me interesan.
H —En tu novela anterior, El Dorado,
hay un equilibrio entre la figura del narrador, Escargot, y el cuidado que hay
por la estructura de la novela. Aquí, en Asesino
Cósmico ¿cómo lo ves? ¿Buscaste ese equilibrio o pusiste énfasis en la
estructura de la novela y no tanto en la construcción de los personajes?
R —Hay más preocupación por los personajes que por la estructura. De
hecho, la estructura la solucioné, como he dicho antes, cuando tenía escrita
tres cuartas partes de la novela. Y estuve a punto de dejarla por eso, porque
no le encontraba la solución. Esta novela la empecé a escribir a las bravas,
digamos. Tenía dos o tres puntos de partida, empecé por dos o tres sitios. Uno
era la novela de terror y el videoclub, y otro era Walt Sheridan y el hecho de
que estaba escondido. Luego intenté que fuesen confluyendo, y por poco no lo
consigo. La estructura vino después: lo que me importaba eran los personajes.
H —Empezaste entonces tres novelas a la vez y las ensamblaste entre
géneros, como quien dice.
R —Más o menos, en realidad hay muchos relatos ahí dentro. Si esta novela
la desguazas pueden salir varios relatos.
C —Lo que hemos hablado antes. Eso de que hay muchas historias.
R —Muchas veces empecé por ahí, el Tempranillo, la novela gótica, los bandoleros.
El Tempranillo es un relato en sí mismo. El referente es Perucho, que en Les Històries Naturals mezcla vampiros
con carlistas, una historia muy propia de Cataluña con el género fantástico, y
con ese momento tan apasionante del siglo XIX donde la magia y la ciencia están
tan cerca. Yo quería hacer algo parecido, y mezclo vampiros con bandoleros de
principios del XIX, a lo Curro Jiménez. En realidad El Tempranillo existió, fue
uno de esos bandoleros andaluces, una de esas figuras románticas en las que
confluye la verdad histórica con el mito, el delito y el robo con los ideales.
Y en sí misma, esa historia es como un relato dentro de la novela. La historia
de terror es otro relato. La historia del asesino cósmico que funciona en la
isla como una leyenda que pesa sobre la comunidad y que un día se abalanzará
sobre ella es otro relato. Hay muchos, y en ciertos casos comencé escribir por
ahí. Luego fui acogiéndolos en la historia. Tenía el espacio, Isla Meteca, y
sus dinámicas internas de odios y rencores me servían para reunir todas esas
líneas. Pero sí, antes estaban las historias, y muchas veces a los personajes,
como por ejemplo Vladimiro, que la estructura.
C —Pese al tono humorístico que das a algunos de los pasajes, es curioso,
en cuanto a lo científico, que el acelerador de partículas sea una cosa de
militares. ¿Es una visión crítica?
R —Yo creo que mi respuesta tienes que ponerla muy en consonancia con la
cuestión del entretenimiento.
H —Y con esa visión del futuro de la que hablamos ¿no?
R —Esa es una lectura, que me parece perfecta, pero no era mi propósito.
Mi propósito con el hecho de que el acelerador esté en manos de los
militares no era hacer una crítica a los
militares. A los militares ahí los utilizo como representantes de otro género.
Me parecía divertido que los militares, que efectivamente puedan estar
implicados en la instalación de este tipo de dispositivos, no fuesen sólo los
que protegían el lugar sino los que lo construían, resultaba más increíble. Me
hacía gracia mezclar una cosa que en términos científicos sí que es muy actual
y realista, pues el acelerador de partículas está en la vanguardia de la física
hoy en día, con un disparate como ese.
C—¿Y un juego presente pasado puede haber ahí? Porque ahora sabemos que,
quizá estos militares de tu novela no porque son muy graciosos, pero lo
militares yanquis hacen estas cosas y estás jugando a una cosa que en el
pasado, en los 60’, se pensaba que iba a ser muy humano, pero tú ya lo sabes
porque lo has visto, porque los has leído en otros autores que las cosas van
como van, ese juego de «desilusionémonos de este progreso maravilloso».
R —Sí, la desaparición de escena de la idea del progreso en el sentido en
que antes la entendíamos creo que ha sido un golpe muy fuerte al relato de
ciencia ficción. Porque de un modo u otro antes la ciencia ficción siempre
estaba basada en esta idea de progreso que ahora no es tan fácil tomarse en
serio, que ya no está a nuestro alcance. Sin esa idea, no sé hasta qué punto no
hay algo de vintage en el ejercicio
de escribir un relato de ciencia ficción. En seguir trabajando sobre aquella
idea hay algo de ingenuo que antes no le era propio, o sí que lo era pero no lo
sabíamos. En cierto modo, o desde este punto de vista, la ciencia ficción casi
puede considerarse una categoría histórica, en el sentido en que
mayoritariamente pertenece a un momento histórico, está sujeta a la
contingencia de su tiempo. Según todo eso, hoy en día, de algún modo, ya no
podemos hacer ciencia ficción. O al menos no podemos hacerla del modo en que se
ha hecho siempre. Habrá que buscar otras formas. De hecho, si te fijas en los
relatos de ciencia ficción más o menos recientes que tienen un cierto éxito,
como The Matrix por ejemplo, está
lleno de elementos retro. Ya no te puedes inventar un futuro en el que todos
seremos felices porque ya sabemos que eso no existe. Ese es el juego con el
pasado, a través de los elementos retro, porque el futuro está en el pasado.
Solo en el pasado podíamos creer en el futuro. Ahora no, ahora nadie quiere oír
hablar del futuro. Mañana todos seremos más pobres, mañana Rajoy nos habrá
quitado más derechos, dentro de seis años tendremos mucho menos dinero todavía,
a lo mejor muchos de nosotros no trabajemos en lo que estamos haciendo ahora.
El futuro que tenemos por delante es una puta mierda. Y lo es desde hace rato.
H —En relación con esto, es curioso porque en la novela tanto por tu voz,
como por la voz de Gallardo aparece la frase «si es que el tiempo existe» y va
de la mano de los dos, es decir, más allá de una coincidencia hay una intención
de cuestionar el tiempo.
R —Sí, esa frase aparece todo el rato repetida porque el lugar donde me
interesaba ubicar la historia es ese lugar absurdo o paradógico que existe
entre el pasado -donde realmente estoy ubicando la historia- y el futuro –donde
digo que estoy ubicando la historia-. Ese lugar incierto, en términos
temporales, no existe porque simplemente es una aberración, de ahí que el
narrador se pregunte constantemente por la existencia del tiempo, porque él sabe
que el lugar temporal en que sucede la novela no puede existir, y si existe es
porque el tiempo no funciona como habíamos asumido, lo cual está muy cerca de
no existir. Ese lugar en el que sucede la historia no tiene tiempo. O ahí no
existe el tiempo. Con esa recurrencia lo que estoy diciendo es que el tiempo no
existe, por lo menos no dentro de Isla Meteca.
H —¿Qué estás haciendo ahora?
R —He escrito varios relatos para algunas revistas y para una antología, Black Pulp Box, una caja muy chula
publicada por Aristas Martínez, con tema precisamente pulp, con la antología
dentro, además de fanzines, novelitas y otras sorpresas. Y estoy metido hace
algún tiempo en una novela.
H —Primero te metiste con las vanguardias en Otro, luego con el periodismo gonzo, en El Dorado, por último, la ciencia ficción y la novela popular, ¿hay
subgénero el próximo trabajo?
R —¿Por «subgénero» entendemos lo que he metido en Asesino cósmico? Porque «subgénero» es una palabra un poco
despectiva. De alguna forma mis libros siempre parten de algún «género» o
«subgénero». En el fondo llamarle de una forma o de otra es una cuestión moral
Porque Proust Fiction, por ejemplo,
juega con la metaliteratura, que es otro «género» u otro «subgénero», lo que
pasa es que al estar más cerca de las gafas de pasta o la universidad tiene un
mayor prestigio.
H—Para mí no tiene esa connotación despectiva.
R—Ya lo sé, para mí tampoco, no me hagas mucho caso. Todas mis novelas
juegan con…
H—¿…géneros menores?
R—Con otros géneros. Sin ponerles sub, ni apellido ni nada. En Otro, ahí sí que es literatura de
vanguardia y es una novela muy muy experimental, con muchos elementos visuales
y caligramáticos.
H—En Asesino Cósmico hay
también poesía concreta.
R—Sí, es arte Ascii. Haces dibujos con lo que tienes en el teclado. Yo
siempre he partido de algo previo, en Otro
eran la novela de vanguardia y la poesía visual, en Proust Fiction eran las vanguardias también, pero más enfocado en
lo metaliterario. En El Dorado era el
periodismo gonzo, y aquí eran las novelas
de ciencia ficción. Siempre ha habido algo, siempre necesito o me interesa
acogerme a algo, y la próxima también será así, me imagino. No sé exactamente
cómo, pero seguro que acabo acercándome a algo. La novela en la que estoy
metido ahora es muy distinta a lo que he hecho hasta ahora. Esta juega con el
«subgénero» de la seriedad… esto lo digo entrecomillando y riéndome, claro.
C —Pero así como tienes una preocupación por lo metaliterario también
tienes una preocupación por lo popular, porque en Proust Ficction está Tarantino.
R —Pero Tarantino es un pedazo de intelectual del cine.
C —Ahora puede ser, pero en su momento, en los 90’, se lo tildaba de ser
cineasta de entretenimiento.
R —Está claro que me interesa su acercamiento a lo popular, de hecho mi
visión del tema cuadra muy bien con la suya, a fin de cuentas, en Asesino
cósmico también he intelectualizado un poco el referente del que parto, si
no, no estaríamos pegándole tantas vueltas en esta entrevista. Pero vaya, yo a
Tarantino lo vi desde el principio como alguien que manejaba todos esos
referentes populares desde un conocimiento enciclopédico de la cuestión, como
una forma de reflexionar sobre ellos y sobre el lenguaje del cine, con obras
llenas de referencias, de citas ocultas y explícitas, de nexos entre
movimientos cinematográficos aparentemente muy lejanos. Otra cosa es que tenga
la gracia suficiente como para hacer divertido algo que además está lleno de
complejidad.
H—También es verdad que nosotros nos planteamos y debatimos sobre si género
o subgénero y alguien con diez años menos ni se lo plantea. Toca todo por
igual, como Tarantino.
R —Tarantino es muy parecido a Nabokov, por ejemplo.
C —Y Nabokov también tuvo éxito de público. Con Lolita.
R —Lolita es una novela muy
compleja, está llena de recursos, de formas diversas. Lo que pasa es que en esa
novela, a semejante suma de sutilezas logra darle una forma que parece natural,
pero en realidad es una novela mucho más compleja que Pálido fuego, por ejemplo, incluye muchos más recursos y malabarismos
narrativos, vaya. Lo que sucede es que Pálido
fuego ya está presentada a priori como una obra experimental, y con Lolita consigue una novela que es en el
fondo un vademécum de formas literarias, pero que a primera vista no lo parece,
porque la parte estrictamente humana es de una gran potencia. Con Pulp Fiction, Tarantino consigue algo
parecido. Que de dos obras tan formalmente ricas acabemos hablando como de la
historia de un hombre adulto que se enamora de una jovencita, y de la historia
de dos gánsters que van por ahí
matando gente, es un triunfo absoluto, una prueba del genio de sus autores.
Algo así es muy complicado de conseguir. Perec hace algo parecido, te partes de
risa pero al mismo tiempo te está dando una lección de literatura.
H —Lo que se supone un pastiche, un pachword, se ve como una unidad.
R —Algo así, por eso a Tarantino yo en «Proust Fiction» lo trataba como a
un pope.
H —Con respecto a la experiencia con
El corazón de Julia, ¿has quedado
satisfecho?
R —Sí. Mucho. No ha sido un negocio, que digamos, pero ese era uno de
nuestros objetivos… Hemos hecho lo que hemos querido. Señor Pulpo, la editorial
que lo publica, somos nosotros, Óscar y yo, un sitio en el que probablemente
seguiremos haciendo nuestras cosas cuando queramos y porque queremos.
H —¿Y el trabajo en coautoría te resultó difícil o lo has disfrutado?
R —Lo he disfrutado mucho, lo que pasa es que Óscar yo, a decir verdad,
venimos colaborando juntos desde que tenemos tres años. Entramos al colegio
juntos. Y ya hemos colaborado en otros proyectos, por eso algo que a priori
puede resultar complicado, porque los escritores tenemos un ego muy grande y
nos cuesta aceptar que otra persona intervenga en nuestro texto, aquí ha
resultado sencillo.
H —Es verdad que en Asesino Cósmico
se nota el cambio de narrador pero aquí no se ve.
R —Claro, porque eso lo planteamos del siguiente modo: lo escribimos de
forma alterna. Es decir, los capítulos impares uno y los pares el otro. Lo que
pasa es que luego, y aquí viene lo complicado, porque eso solo lo puedes hacer
con alguien con quien tienes mucha confianza, luego los dos machacamos el texto
del otro, libremente. Uno corregía el texto del otro. Como os decía, eso es
posible porque llevamos mucho tiempo colaborando juntos. Óscar siempre ha sido
uno de mis primeros lectores. Yo siempre he sido uno de sus primeros lectores.
Yo siempre he dicho lo que me ha parecido sobre sus novelas y él lo ha tenido
en cuenta y él siempre ha dicho lo que le ha parecido de mis novelas y yo lo he
tenido en cuenta. Y porque ya hemos colaborado otras veces. En mi El Dorado y su Cut and Roll ya planteamos un juego que a mí por lo menos me gustó
mucho: hay un capítulo que, sin que se advierta al lector, está en las dos
novelas, en El Dorado contado desde
el punto de vista de Trebor Escargot, y en Cut
and Roll desde el de Joel, los protagonistas respectivos. En Asesino cósmico y Fabulosos monos marinos también intentamos algo parecido, pero ahí
la verdad es que ya no nos salió también, aunque el puente también existe. Así
que colaborar en El corazón de Julia
fue muy natural. Nos inventamos juntos la historia, la escribimos en un folio,
la descuartizamos en un número par de capítulos, él escribía sus capítulos, yo
los míos, él machacaba los míos, yo los suyos, y así hasta que nos pareció que
estaba bien. Así que todos están escritos por los dos.
H —¿Por qué esta fijación actual en la literatura en español de escribir
en presente?: Corona de flores, de
Javier Calvo, Los muertos, de Jorge
Carrión, El corazón de Julia y Asesino cósmico. Incluso al otro lado
del Atlántico, Saccomanno con El
oficinista.
R —No tengo respuesta para eso. Lo que estoy haciendo ahora no es en
presente. Sobre la cuestión de escribir en presente o en pasado, cada forma
tiene su color, su magia, sus posibilidades. Pero vaya, yo no soy un escritor
que escriba en pasado, o que escriba en presente, depende del proyecto.
H — Para finalizar, querríamos hacer una pregunta un poco más abstracta.
De todas las definiciones de literatura que se pueden recoger, hay una que es
de Stephen King, que es un autor a veces mal considerado, pero que dice que la
escritura es telepatía, en el sentido de que es la capacidad de leer la mente
de otra persona. Eso está en Mientras escribo.
R — Sí, lo normal es tratarlo mal porque vende muchos libros, y eso en
ciertos ámbitos genera desconfianza, pero creo que el tipo ha demostrado que es
un puto maestro de la escritura. Otra cosa es que te guste más o menos, pero
hay poca gente que haya conseguido semejante nivel de producción, y semejante
constancia en el éxito. Sí, puedo entender lo que dice Stephen King. Sobre
estas cuestiones hay muchas formas de decir algo muy parecido. La telepatía
tiene algo que ver con poderse meter dentro de otras personas, que es lo que
está diciendo aquí Stephen King, y sí, yo sí que creo que la literatura tiene
que ver con eso, con acceder al interior del lector y desestabilizarlo en
alguna medida, crear un tipo u otro de sensaciones. Cuando tú ya has acabado tu
trabajo y encuadernan el libro y lo envían lejos y el lector lo lee, tienes que
conseguir meterte dentro de él, y la cuestión de la telepatía va un poco por
ahí.



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