viernes, 28 de enero de 2011

Lecturas


¡Mentíme que me gusta, bolacero!

El error, César Aira, Mondadori, 2010, 186 páginas.

¿Qué Cesar Aira es, probablemente, el mejor escritor argentino vivo? ¿Qué acaso sólo puede haber un lugar en el número uno de esa hipotética lista? O, ¿qué Aira ha ejecutado la mejor impostura literaria desde Borges?, son preguntas que quien escribe relativiza las posibles respuestas, pero las considera dignas de mención antes de abordar El error, su última novela.
          Quien ha leído alguna novela de Cesar Aira sabe de antemano que en sus historias las cosas no son como son y que, por extensión, lo imprevisible es ley. Por tanto, si no hay ese pacto tácito, "va al hoyo el mozo y el gozo al pozo", dice el refrán al lector.  Quien, en cambio, no ha leído a Aira, iniciarse y atravesar junto al narrador esa puerta que dice "ERROR" es una experiencia para bien o para mal, sin dudas, recomendable.
          Explicar la trama de una de sus novelas puede resultar un fárrago por demás innecesario. Y esta no es la excepción.  Intentando no pisar el palito, diré que la novela se muestra como una constelación de historias relacionadas en torno a una figura central: el mítico bandolero salvadoreño Pepe Dueñas. De las tramas que hacia él y de él derivan destacan la relación entre una pareja y sus anfitriones, la vida de una presidiaria y su relación epistolar con un escultor, las aventuras de Pepe Dueñas y su relación marital. Historias que, en su conjunto, tienen como escenario a El Salvador y que, por analogía, forman parte de ese universo reflejado en la representación de un mural realizado en honor al bandolero.
          La inventiva, como motor sobre el que avanzan sus historias, sumado al oficio narrativo, es capaz de hilvanar tramas desopilantes que se suceden como fuegos de artificio ante los ojos del lector que, como se mencionó al principio, cuenta con dos opciones: creer y dejarse llevar, o cuestionar el modo en que Aira concibe la literatura. Ahora bien, este particular placer de la literatura por la literatura misma, repleto de ironía, paradojas e hipérboles no es sólo un capricho conceptual; también acarrea exigencias que pueden verse reflejadas en su escritura, donde se hace manifiesta la tensión del lenguaje y su potencial expresivo.  Valgan dos ejemplos: "…se desagregó aceleradamente" (pág.112). "Las orejas [de un perro], dos pequeños triángulos grises en la máxima tensión de la curva de los cartílagos, giraron sobre sí mismas, en una invaginación irracional"(pág. 119).
          Figura controvertida -asegura no corregir, se define como un escritor menor y al margen del mundillo literario- que genera admiradores y detractores, este cultor de la novela breve, que ronda la treintena de títulos, vuelve con El error quizás para enseñarnos que la novela es libertad, un compromiso nada desdeñable desde donde cuestionar la forma y el fondo de la literatura.   
           

             

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